Ruidos. La pesadilla de nuestro hogar

Casa. Más que una simple palabra. El hogar. Aquel lugar que se convierte en tu refugio, en tu oasis particular en medio de la ya conocida selva de asfalto. Ciudades que se convierten en parajes idílicos para los gritos de quienes trabajan, el retumbar de la música en directo, el llanto desangelado por el helado perdido, el pitido agresivo de quien se cree el líder en un organigrama imaginario, el perro que ladra tras el rastro de ese quizás, las risas de quienes no se habían visto en años, o el alarido dado por una irrisoria fricción a quien alguien le ha otorgado más valor.

Entonces, los ecos, ecos que traen más ruidos de los que ya soportan nuestros frágiles oídos. Ecos de la ambulancia que vuela con la esperanza de quienes aman al que está ahí tumbado, ecos del penúltimo túnel que será, por obra y milagro quien descongestione una ciudad de por sí ya desbordada, ecos de la alegría desbocada ya que la pelota encontró el camino que unos cuantos tanto añoraban.

Y en medio de este inestable equilibrio, tu hogar. Tu lugar donde esconderte, sin volverte loco, porque hay más de lo que puedes asimilar. Esa morada dónde ponerte un chándal y estirar las piernas se convierte en algo de primera necesidad. Donde encuentras la paz necesaria para salir por la puerta sabiendo que da igual contra qué te enfrentes, al final regresaras a casa. Al lugar donde lamerte las heridas. Al remanso de paz. A la cueva donde recargar energías.

Pero, en un día de esos, en los que te has tenido que enfrentar a todo y a todos. En los que cada hora parecía el intrincado mapa de una incursión militar en un campo de batalla. Regresas a casa. Regresas a abrir la bañera para hundir la cabeza. A tumbarte en el sofá para olvidar lo pasado. En ese día tus nuevos vecinos deciden que es el día perfecto para una fiesta de bienvenida. Es ese día. Y al siguiente. Y al otro. Convirtiendo lo que para ti era tu válvula de escape, ese plácido lugar de inmensa calma, se convierte en uno más de tus pesadillas. Es ahora tu mayor problema. Deja de ser el hogar dónde recuperar fuerzas, para ser el que más te agota.

Comienza así una intensa guerra en la que difícilmente saldrás victorioso. Pleitos, peleas, policía, mil y una noches sin dormir. Ojeras tras las que se esconden la desesperación y los nervios crispados. Tras las que el abatimiento y el enfado campan a sus anchas. Sin que nadie te ofrezca una solución permanente, ante quienes deciden que la vida de los demás tienen menos importancia que la suya. Son estos casos en los que la figura de un detective profesional puede devolverte la paz a tu vida. El sosiego y la serenidad. El detective acepta trabajar durante horas, recopilar, recoger y atesorar todas las pruebas. Acepta poner voz a tu problema. Acepta hacer un buen trabajo que demuestre ante cualquier juez cómo tu vida se ha truncado. Como tu salud se ha desmoronado por culpa de quienes no piensan en nadie más.

Es un detective quien, con sus mediciones, sus grabaciones, su experiencia y su trabajo puede conseguir que la pesadilla termine. Puede conseguir ante sede judicial que la justicia, no siempre justa, lo sea hoy contigo. Te puede devolver tu hogar.

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